
Por: René Sandino Monterrey
I
El camino es simple y variado. Simple, porque en toda su extensión está constituido por un solo elemento, la naturaleza. Variado, porque la naturaleza es el más complejo sistema. Hay partes muy pedregosas. Las botas de cuero hechas en la zapatería Portobanco de Granada no son tan útiles aquí como lo fueron en los topes. Le choyan los delicados pies al ciudadano. El calor es insoportable pero amistoso. Insoportable porque al llegar cerca de los cuarenta grados Celsius el cerebro comienza a burbujear. Amistoso, porque el calor saluda al caminante y lo acompaña por largos ratos en su travesía. De vez en cuando un árbol metiche obstruye la pasada del incandescente material, produciendo así un lecho oscuro en la claridad, donde el viento parece regocijar sus emociones y enfriar su temperamento.
El caminante encuentra un vegetal agigantado, y decide aquí negarle su amistad por un rato al calor que no lo abandona. Se quita la mochila que trae casi encarnada en la espalda, y la tira cerca del tronco que nace a la par de la trocha. Medio chiveado examina los alrededores en busca de algún reptil venenoso.Le han advertido que la zona está inundada de cascabeles y barba-amarillas. El ciudadano caminante aventurero sólo tiene experiencia en lidiar contra insectos. ¡Qué miedo! Para agarrar un poco de valor, patea una roca inocente que está por la zona. La dura materia probó que las botas de Portobanco no son como aquellas de los obreros de la construcción en Toronto, que llevan una placa de acero protegiendo la punta del pié. ¡Qué dolor! Y qué hermoso uñero adquiriría nuestro personaje gracias a su astucia. Al fin, se decide y toma asiento, en el polvo crudo de tan hermoso hogar. Recostado en el tronco macizo de aqu
el centenario Guapinol nuestro ciudadano se entrega a las caricias de Morfeo.
II
Al cabo de un rato, se quiebra la tranquilidad del lugar, y el tipo despierta. Una manada de congos le ha observado por largo rato. La mayoría está encaramada en el árbol bajo el cual descansa el caminante. Otros están en árboles cercanos. Y un par de ellos andan por el suelo. Estos han llegado tan cerca, que hasta lograron registrar la mochila. Nuestro amigo caminante se despertó porque desde el árbol le han estado tirando ramitas y pedazos de fruta. Se incorpora al instante, restregándose los ojos. Los dos congos que están como a un metro de él no se retiran, pero se ponen alerta, listos para defenderse, ¿o atacar? En cuestión de segundos, la manada entera grita al unísono un coro de guerra, un canto de ataque,un llanto de intimidación. Al joven de la ciudad le invaden toda clase de emociones, siendo terror la marca común entre todas ellas. Colmillos feroces se le enseñan. Con los pelos parados, erizo
s cual perros al ataque, los dos congos del suelo aumentan el miedo que paraliza al muchacho. Este, con los ojos cargados de lágrimas, recuerda a sus padres, y sube la mirada al cielo implorando auxilio. ¡Qué sorpresa! En vez de encontrar el rostro sonriente de Jesús, descubre los ennegrecidos árboles que gritan. Y el miedo se incrementa a un nivel más allá de lo que se puede escribir, o describir en un simple relato. Una descarga eléctrica le circula por el sistema nervioso. El hombre ve turbio, nublado. Los chillidos de los congos retumban en un eco infinito dentro de sus oídos. Siente el olor a campo, selva, cual indeseable berrinche de inodoro público. El olfato lo traiciona también. La naturaleza huele a vida, no a pipí. Quiere correr, pero se da cuenta que la fuerza de gravedad en este sitio es mayor que en el resto del planeta. No puede mover ni un dedo. Los dos congos se acercan. Ya casi le tocan las piernas. El aventurero d
e la pequeña urbe, el que desea conocer lo que significa la vida en el campo, ya no recuerda ni su nombre. Se tambalea, y como árbol víctima de una motosierra, golpea la faz de la tierra con la longitud de su cuerpo. ¡Se ha desmayado! Llueven congos al instante. Los dos que han estado todo el tiempo en el suelo comienzan a quitarle la ropa. Otros se apoderan de la mochila y se reparten el botín. Hay más piratas que tesoro, por lo que se arma un bochinche arrecho. Los más fuertes conservan lo que pueden. Los jefes de la manada, los dos que aterrizaron primero, dan la orden de retirada. El caminante está en el suelo, tendido, desnudo. Toda su ropa será abrigo para congos en la montaña húmeda. Un conguito macho adolescente, quiere cogerse al inerte desnudo. Uno de los jefes lo hace desistir fácilmente, propinándole un sopapo que lo revuelca. Con una mirada sellada de reproche, parece recordarle al conguito que con la naturaleza n
o se juega, y que ha de ser una conga la que lo eduque en las artes de Eros. El conguito acepta, no le queda otra opción. En un microsegundo, los negros malabaristas encolados desaparecen del lugar, retornando así a su selva, a su casa, a su territorio inexplorable. El aventurero caminante joven yace en el suelo, como Adán en siesta pacífica. Pasan las horas, y con ellas, pasan aves, mamíferos, reptiles, otros caminantes, el viento, y ninguno se molesta en averiguar quién es aquel pornográfico que duerme.
III
La dulce sombra del placentero árbol comienza ya a mezclarse con el ocaso vespertino. El calor se disipa en disimulada retirada. El joven, con el pellejo resentido por la inclemencia del ambiente, despierta. Un escalofrío imprudente lo despabila al instante. Confundido, torpe y lento al pensar, cree que ha tenido una pesadilla. Mas no sabe que la pesadilla no ha terminado aún. Siente su cuerpo expuesto ante los elementos naturales. Se incorpora en un santiamén. Realiza lo que ha sucedido, o al menos lo que él cree que pasó, o lo que recuerda. Con la mirada perturbada trata de ubicar la mochila. No la encuentra. Se sofoca. Se desespera. Se aflige. Busca en los alrededores algo para taparse la desnudez. Sólo hay plantas y tierra. Arranca unas cuantas ramas de un arbusto que comparte el espacio y los minerales de la tierra con el árbol de Guapinol. Rápidamente se hace un taparrabo, al estilo Tarzán. Respira un poco de alivio. Suspira descon
certado. Pocos segundos han pasado cuando se da cuenta que debe desnudarse otra vez. El matorral que ha usado para construir su calzoncillo rústico, está colmado de minúsculas chatas. Las chatas son unas garrapatas pequeñitas, de color anaranjado, mandíbulas robustas e insaciable sed de sangre. Se le pegan cual rémoras microscópicas en todo el pellejo de la zona. Sin pérdida de tiempo los parásitos avanzan en todas direcciones del cuerpo del chavalo, mientras éste se despoja de su única prenda de vestir. Brinca, salta, se rasca, corre en círculos. ¡No sabe qué hacer! Ya el astro rey no alumbra lo suficiente para que nuestro amigo pueda saber con certeza la ubicación de cada garrapata. Se quita las que puede, o las que muerden más duro.
Por primera vez en muchos años siente el incontenible deseo de llorar. Y llora. ¿Será que ya no se cree el hombre macho? ¿Acaso ha cedido el orgullo que le hacía pensar que nada lo haría desistir en su aventura? Llora, junto al árbol de Guapinol. ¿Será su nombre Hernán Cortés, y éste el árbol de la Noche Triste? Llora, y no le importa llorar. ¿Podrá volver a su ciudad, a su casa? Las emociones de su alma se revuelven, se confunden. Su mente le traiciona. El corazón predomina. ¡Jesús también lloró! Y sudó sangre. El caminante también suda, y las garrapatas lo tienen ensangrentado. ¿Acaso será candidato a una crucifixión? Y continúa llorando.
De pronto oye un ruido. Cerca, por el camino viene alguien. Ya no sabe qué hacer. Simplemente sigue llorando. Una mulita de paso corto y rápido se acerca. Un hombre de mediana complexión la cabalga. Se detiene justo frente al caminante derrotado que gime, llora y respira entrecortado. La mulita trae la lengua salida hacia un lado, prensada entre los hierros del freno. Así les gusta a las mulas. También trae la punta de la cola amarrada a una de las correas de cuero que cuelgan de la albarda. Y mueve la cola como para espantar las moscas que no existen. El jinete trae espuelas. Es la única forma de hacer entender a las mulas. El joven, avergonzado, sube la mirada y la dirige al montado. Es un hombre de sotana negra y cuello plástico blanco. Fácilmente se le puede llamar sacerdote. El aventurero se siente protegido y sube el volumen de su llanto. El jinete desmonta y se acerca a consolar al joven. La mula no se mueve. ¡Para qué! Suficiente ha cam
inado ya. ¿Para dónde va a irse? Ya sabe que no llegaría muy lejos. Y el castigo venidero no es incentivo para desobedecer. Tranquila, sigue espantando las inexistentes moscas con el movimiento de su restringida cola. No son estúpidas las mulas como cree la gente. ¡Pendeja gente!
El cura se arrodilla junto al joven, vuelve su mirada al cielo y dice una corta oración. Probablemente éste sí ve el rostro del Nazareno. Seguidamente interroga al muchacho. Un poco menos preocupado, el aventurero de la ciudad le relata lo sucedido. El aire fresco del atardecer comienza a convertirse en viento frío de la noche. El padre se levanta, se quita la sotana, se persigna. Se acerca a la mula, y saca algo de un bolso que cuelga de la albarda. Es un frasquito como de medicina. Se lo pasa al joven y le dice que se unte por todo el cuerpo. Es un repelente de insectos y otros animalitos parecidos. El chavalo se apresura y obedece al instante. Las chatas comienzan a soltar la presión de sus mandíbulas y abandonan la piel del caminante. El cura le pone la sotana al hombre joven caminante aventurero ciudadano que ya ha dejado de llorar. El padre no queda desnudo, pues viste pantalón y camisa por debajo de la sotana. Ya el joven sonríe, por primera ve
z en largo rato. El sacerdote le dice que monte en la mula para irse del lugar. Nuestro personaje agarra las riendas y pone su pie izquierdo en el estribo. La mula agacha las orejas. Mala seña. Mula que agacha orejas está lista para hacer alguna maldad. En eso sí son babosas las mulas, se delatan. Pero hay que conocerlas bien. El chavalo se impulsa y trata de subirse en la albarda. El cura ha visto el movimiento de orejas y se acerca para agarrar a la mula del freno. ¡Demasiado tarde! Una rápida corcoveada manda al joven casi al mismo lugar en donde había caído desmayado rato atrás.
La mula queda otra vez inerte, como si nada ha pasado. El padre ve que el joven se levanta, todo asustado, y que está bien. Al menos no se ha quebrado ningún hueso. Entonces el sacerdote se acerca a la mula y desamarra una tajona que viene colgada en el lado derecho de la albarda. La tajona es un pedazo de madera, mejor dicho un trozo de rama de no sé qué árbol, como de tres cuartos de pulgada de diámetro y unas treinta pulgadas de largo. Es un garrotito sólido. Generalmente trae un orificio en una de las puntas, por el cual se le pasa una tira de cuero llamada coyunda. A ésta se le hace un nudo, quedando así un chilillo de cuero de dos puntas. ¡Una cuereada con tajona duele! El sacerdote se enrolla las tiras de cuero en la muñeca y mano derecha, y agarra con ésta la punta del garrote de donde salen las coyundas. ¡Pobre mula! El brazo robusto del hombre descarga sendo leñazo en la parte izquierda del cuello de la mula. Esta
tiembla, pero no se mueve. El cura se impulsa de nuevo y le propina un segundo garrotazo casi en el mismo lugar. En la mano se le resaltan las mangueritas por donde circula la sangre. Se desenrolla la coyunda y vuelve a amarrar la tajona adonde estaba. Le dice al chavalo que se ponga las espuelas, pasándoselas de inmediato. La mula observa. Luego le dice que se encarame en la mula. El chavalo obedece, y la mula también. El cura comienza a caminar por el camino oscuro. El chavalo lo sigue, con miedo a la mula todavía.
IV
Horas más tarde, después de haber pasado por un trecho húmedo, donde el camino pedregoso se convierte en lodazal espantoso, divisan en la penumbra un caserío. No es pueblo, no es villa. Es un caserío. El cura viene embarrado de fango hasta la altura de los muslos. Parece que el sacerdote fue deportista en su adolescencia o juventud, pues tiene potentes músculos en sus extremidades. Tal vez fue futbolista. Hay como seis casitas. Están en un claro del bosque. Porque el camino pantanoso es parte de una densa selva tropical, donde a mediodía la luz de la estrella más cercana apenas puede colarse entre la enmarañada vegetación. Es aquí donde las plantas se pelean para conseguir la energía de su vida. El que tiene más galillo traga más pinol, y el que está más arriba absorbe más luz. Ahorita ya es de noche. Tiniebla siniestra.
El cura se dirige a una de las casitas. La mula, con obvia satisfacción lo sigue. Sabe que ya pronto podrá descansar de la gran camellada que ha dado. La vivienda está hecha de tablones de madera. Tiene techo de zinc en una parte, y de palmas, ramas y zacate en otra. Una tabla es blanca, pintada con cal, o quién sabe con qué. El resto de las tablas tienen su color natural, desgastado por el tiempo, manoseado por el ambiente. Una nubecilla de humo azul se filtra por unas rendijas del lado norte de la vivienda. Un perro todo cholenco les sale al encuentro meneando el rabo cual hélice de avioneta. De pronto, el perro se sofoca y comienza a ladrarle a la mula. Esta sabe que el bonche no es con ella. Ya se conocen bien. El perro no sabe quién es el jinete y trata de demostrar que él es el que manda en este territorio. El cura lo calla con unas cuantas palabras suaves y caricias paternales. El perro entiende. Conoce a su amo, y sabe que el muchacho necesita
ayuda. !Cuánto quisiera tener la capacidad de entendimiento y comprensión de los caninos!
Aquí vive el sacerdote. En el centro del bosque, como la abuelita de Caperucita Roja. Las demás casitas, que parecieran un espejismo en réplica de la del cura, se han ido construyendo poco a poco, cada vez que el padre ha recogido a alguien; es pues el caserío un refugio de dolientes mortales, que por la divina gracia de Dios han tenido la suerte de obtener auxilio del sacerdote. Hay árboles frutales en los alrededores. Existen también hortalizas bien organizadas. ¡Qué labor más grandiosa la del pastor!
De la casita del cura sale una señora, piel morena, como la mayoría de la gente de mi tierra. Ella le cocina y ayuda al sacerdote en el mantenimiento de la humilde vivienda. La mujer vive en otra de las casitas con su esposo. Ambos quedaron a la intemperie, sin ropa, ni casa, ni terreno, ni hijos, ni nada, después de una sangrienta guerra de las miles que han azotado a mi patria durante su corta historia. La noche es triste aquí, pero repleta de alegría. Triste porque todo es oscuro. Colmada de alegría porque la bondad de la naturaleza se concentra, y opaca la maldad humana con un vasto manto. No existe electricidad. ¡Qué dicha! No televisión, no videocassettes, no nintendos, no ruido, no alboroto. Sólo candiles humildes que en sonora llama armónica iluminan lo necesario. El perro ya está tranquilo. No ladra, ni mueve la cola. ¿Se habrá cansado? El cura ayuda al joven para que éste desmonte. La mula emite un suspiro
silencioso de alivio. Sonríe sin gesto alguno. Yo lo sé bien. El padre la desensilla. Primero le afloja la cincha. Luego le quita el freno y la jáquima. Después la albarda y los peleros. La mulita suda cual río en invierno. Da la vuelta y desaparece en la oscuridad. Quién sabe en qué rincón de aquel paraíso irá a dormir. Todos entran a la casita. El cura, el joven, la señora y el perro.
V
La vivienda es simple. Hay en ella dos cuartos. Uno sirve de dormitorio y bodega. El otro es la cocina y comedor. En una esquina del dormitorio hay un camastro de tabla. Es aquí donde descansa el cura. No tiene colchón. El sacerdote prefiere la dura materia, la inerte madera que aguanta el peso del religioso. En otra esquina del dormitorio hay un montón de mazorcas de maíz. Fue buena la cosecha este año. Los elotes reflejan el alma indígena de mi patria. En las otras dos esquinas del dormitorio hay un armario o ropero, una cómoda y una mesita. Lo demás no se ve muy bien. Parece que por ahí hay un banquito. El dormitorio se comunica con la cocina por medio de una puerta que está ubicada entre la cama de tabla y el cerro de elotes. En realidad no hay puerta. Es sólo el hueco, cubierto con una manta grande. La cocina, hecha de barro y piedra, queda en la esquina que colinda con la cama del cura. Unas pocas tablas rajadas sirven de fr
ontera. El calor de los tizones mantiene la temperatura del sacerdote en un nivel agradable. Calientito, rico. El frío aprieta en la noche aquí.
En la otra esquina, diagonal a la cocina hay una mesa y un par de taburetes. La puerta de entrada a la casa está entre la mesa y la esquina aquella del dormitorio en donde está el maíz. Y en la última esquina, diagonal a la puerta, hay un gran tablón horizontal que se usa para lavar los trastos. Hay encajados en él un par de porongas , una paila toda chopeada, un comal y otros objetos. Colgados en clavos que salen de la pared de tablas, hay un cucharón de sopa, un moño de hierba buena, un saquito de tela que posiblemente contiene mantequilla de costal, unas cabezas de ajo, cebollas, y otras cosas más que no se distinguen bien. En la pared junto a la cual está la mesa, hay un crucifijo y un rosario. El crucifijo se ve perfectamente bien. Parece tener luz propia. ¿Será la luz de Cristo? Está hecho de madera, revestido de un material blanquecino, como marfil o nácar. Jesús tiene la mirada clavada en la mesa, como
cuidando al que se acerque a ingerir sus alimentos aquí.
El cura y el joven ciudadano caminante aventurero se sientan en los taburetes. La señora les prepara un plato de comida a cada uno. El perro se ha sentado debajo de la mesa. Tiene la esperanza de ver caer en el suelo algún pedazo de comida. Hay un candil encendido en el centro de la mesa. La mujer pone los dos platos de comida en el comedor, una canastita con tortillas, una jícara llena de pinolillo para el cura y un vaso de plástico anaranjado con la misma bebida para el joven. Se despide y se va. El perro se levanta, menea la cola, acompaña a la señora unos tres metros fuera de la casa; se detiene, sigue meneando la cola, y regresa a la casa. Ahora ya no se mete debajo de la mesa. Se queda sentado enmedio del cura y el chavalo. Con ojos de lástima mira a uno y al otro, implorando en silencio animal una limosna nutritiva. El sacerdote ha dicho una oración. El cristo parece sonreír, o brillar más. El joven comienza a comprender que Dios
existe. Es cierto. ¡Qué bueno es este cura! ¿Cómo habrá sido Jesús, hijo de Dios, maestro de la bondad, el perdón, el amor? El chavalo recuerda las palabras que su madre pronunció al despedirse: "Que Dios te acompañe hijo mío." Las lágrimas emanan de sus ojos, y lavan con salado torrente la ruta facial que recorren. El sacerdote le dice que coma. La comida sabe mejor cuando está caliente. Terminan de comer en silencio. El perro se levanta. Es su turno. Lo sabe. El sacerdote ha dejado un poco de comida en su plato. Lo agarra y pónelo en el suelo, cerca de donde está el can. Este sólo observa. Espera que el plato esté en el suelo y que el cura quite sus manos. Luego se acerca y come. ¡Devora! En pocos segundos el plato está como recién lavado.
El sacerdote y el joven platican. Bueno, el chavalo piensa que es una plática común, mas no sabe que se trata de una confesión minuciosa. El padre es un experto en confesar mortales, pecadores, sin que éstos se sientan inhibidos por la cortinita del confesionario. El lugar es tranquilo. Casi dos horas más tarde, el sacerdote bendice al joven, lo absuelve de sus pecados y le indica la penitencia. El joven realiza hasta entonces que el cura lo ha estado confesando. Tenía muchos años de no confesarse. El sacerdote entra al dormitorio. El joven comienza a rezar, con la mirada fija en el Cristo de la pared. Padre nuestro que estás en los cielos . . ..
El sacerdote ha estado colgando una hamaca en el dormitorio. Entra a la cocina. Le indica al muchacho que es hora de dormir. Le da una camiseta, un pantalón viejo y una colcha. El joven todavía viste la sotana. Parece un religioso de verdad, ¡y rezando! El padre le dice que apague el candil cuando se vaya a acostar. Le enseña la hamaca y se acuesta en el camastro. El chavalo se cambia, poniendo la sotana peligrosamente muy cerca del candil. A esta hora ya está exhausto. Sigue rezando. Agarra el candil. Lo examina como niño que tiene en sus manos un juguete extraño, nuevo. Inhala una bocanada de aire, como si fuese a soplar veinticinco candelas en un queque, y descarga casi con furia una ráfaga saturada de dióxido de carbono. La llamita desaparece al instante. ¿Magia? La hamaca es pequeña. Para el muchacho, es una bendición del cielo. ¡Qué hamaca más sabrosa! Y se duerme como hipnotizado, rezándole al Altísimo.
¡Gracias Señor, por ser tan bueno!
VI
Al día siguiente, en la madrugada, un sonoro concierto de melodiosos ritmos indica que es hora de despertar. Pajaritos multicolores trinan en compás con el canto violento y dulce de los gallos. Las brasas en las cocinas de todas las casitas se avivan para calentar el desayuno de sus habitantes. Un enviciador olor a café fresco hace que el joven se incorpore. La señora ya ha llegado a la casita del cura. Afuera, los primeros rayos de luz descubren los colores bellos del lugar. Es un amanecer paradisíaco. Los perros ladran de vez en cuando. Se escucha un chompipe que con necia insistencia parece reclamar atención. El joven entra a la cocina. Saluda a la señora y le pregunta por el cura. Ella le explica que el sacerdote se levanta y sale a orar todos los días, antes de comer o de hacer cualquier otra cosa. ¡Qué mejor forma para comenzar un día que dándole gracias a Dios!
El joven mira el cristo de la pared. Y comienza a rezar. Este chavalo ha rezado en las últimas veinticuatro horas, más de lo que había rezado antes en toda su vida. Afuera ya está claro. El sol, nuestra pelota de fuego celestial brilla con extraordinaria intensidad. ¡Qué maravilla! De repente el padre entra a la casa acompañado por el perro cholenco. Saluda a la señora y al joven. Les bendice. Se sienta en un taburete a la par de la mesa. La señora ya le tiene listo el desayuno. Ella pone dos platos de comida en la mesa y se va. Su esposo también tiene que desayunar. En cada plato hay dos güevos frito-enteros, una porción de frijoles, también fritos, y una tortilla doblada por la mitad. Ya en la mesa estaba puesto un pichel de metal lleno de café negro, y dos pocillos. El sacerdote dice una oración, bendice los alimentos y convida al joven. Comienzan a comer, esta vez intercambiando frases de vez en cuando. Al t
erminar, se quedan conversando un rato, y saboreando el néctar caluroso extraído de la semilla del café. ¡Hey! No es lo mismo una tasa de café que un pocillo de café.
Luego salen de la humilde vivienda. Es hora de recorrer el modesto imperio. El cura le enseña al muchacho las hortalizas y árboles frutales que entre todos los habitantes de aquel caserío han ido formando. El espacio es limitado, pues la selva les rodea. Pero le han sacado el jugo a esta pequeña área encerrada entre mastodontes del reino vegetal. Mientras recorren el lugar, el sacerdote le va contando al caminante ciudadano aventurero joven urbano la historia de la gente que habita aquí. Es triste cada relato. El chavalo lubrica su tersa faz con líquido salado de sus glándulas lacrimógenas. Al poco rato de andar caminando, el joven comienza a renquear. Es un doloroso uñero producido por la patada injusta que el caminante propinó a la dura inerte inocente roca que descansaba al pie del árbol de Guapinol, donde el ciudadano se detuvo a descansar el día anterior. Fue tal vez esta injusticia contra la naturaleza la que i
nició la serie de eventos adversos que han tocado lo más profundo del alma del chavalo.
Padre y excursionista siguen andando. La gente de la zona ya está trabajando. Unos en la agricultura, otros en una obra arquitectónica grandiosa. El cura se ha propuesto edificar una iglesia. Hombres y mujeres sudan en paralelo. Se cavan huecos profundos para fijar los cimientos. La obra se está iniciando apenas. La mulita ya anda trabajando también. Un hombre chaparro, de caja toráxea hercúlea y bíceps caupolicanos carga en ella troncos de árboles pequeños, de unos diez o quince centímetros de diámetro por unos seis metros de largo. La piel chocolate del chaparro se confunde con el color de la mula. De largo parecen uno solo, ¿centauro chorotega? Otro personaje que sobresale es un hombre flaco y alto, de cabellos rubios y piel colorada. El sudor sobre su cuerpo le hace reflejar los rayos solares como en estampida astral. Este cava una zanja con una piocha. Su delgada fisonomía se contrasta con la definición fibrosa
de los músculos de su cuerpo. Tiene un lavandero en el abdomen. Los brazos resaltan un poderío anormal. Parece boxeador. Cerca de él está una mujer joven, como de unos veinte años. Su pelo muestra una obra de arte nicaragüense, que de color azabache y longitud magistral, cuelga en forma de trenza simétrica por la espalda de la muchacha, hasta sutilmente tocar el área donde se juntan los glúteos. Es musa, doncella, ángel terrenal nica, indita de cobre, belleza en esencia.
El sacerdote ha cambiado la vida de todos éstos que afanosamente trabajan. Les ha sembrado una semilla de esperanza, abonada con amor paternal que sólo puede venir del cielo. El joven siente que el cura le ha cultivado el alma, ¡en solamente unas pocas horas! Este sacerdote, como hombre es certero en la motivación de seres desgraciados, y como religioso es impecable en la transformación de los sentimientos recónditos del alma.
El cura ya no anda de sotana. Anda vestido para trabajar en la construcción de la iglesia. Después de haber mostrado la zona al muchacho se dirige con él hacia el lugar donde se levanta la casa de Dios. Sin decir nada, el sacerdote toma una pala y comienza a cavar un hueco donde habrá de calzar un pilar sostén. El joven no espera que le pidan ayuda. Dirige la mirada a su alrededor, y encuentra una macana de hierro sólido como de dos metros de longitud. La agarra y vuelve a ver al cura, como esperando instrucciones. Este le señala un punto donde debe hacerse otro hueco. El joven se mueve hacia allá y comienza a descargar macanazos contra la húmeda tierra. Al poco rato está bañado en sudor y con las manos temblorosas por la presión que ha estado ejerciendo sobre el metálico garrote. Los brazos ya no le responden con la rapidez del principio. ¡Pobre chavalo! No está acostumbrado a este tipo de labores, pues en su
casa la única barra que tuvo que levantar antes fue la barra de pan francés en el desayuno. Se sienta pues, casi al desmayar, a tomar un poco de aire matutino. Todos los demás siguen en ardua faena, sin descansos ni quejas, ni peros ni excusas. La iglesia será construida en el menor tiempo posible.
VII
El joven caminante aventurero ciudadano arrepentido de su voluntario exilio, pregunta al cura la solución a su dilema. Después de la macaneada de la mañana, el muchacho no pudo hacer nada más. Sólo se dedicó a observar a los otros, que en sinfónica sincronizada tarea avanzaron la construcción de su hogar de oración.
El chavalo le relata al padre los acontecimientos que le hicieron abandonar su casa. Minúsculos problemas convertidos en catástrofes por la inadecuada comunicación con sus padres. Falta de confianza en ellos. Temor a obtener una respuesta negativa. Inexperiencia humana del varón adolescente que cree ser hombre, mas no sabe que hombre es aquel que acepta su diminuta índole, su microscópica sabiduría. Porque en esta vida no se termina de aprender, y nadie lo sabe todo. Y el muchacho se vio encerrado en una nube de conflictos. Sus padres no pudieron desenmarañar la red de problemas que tenían atrapado al joven. Desesperación, ansiedad. Y fue entonces cuando el espíritu aventurero nica hizo su aparición. Porque los nicas tenemos ese afán de aventurarnos a lo desconocido. De probar lo que otros temen. De romper las reglas del juego para descubrir lo prohibido. Por ello, el chavalo de buen vestir, ciudadano de buena famili
a, sin dificultades económicas (que son las que martirizan a mucha gente), sin necesidades extremas, decide entonces abandonar la vida rutinaria de ciudad, de hijo, de joven que depende de lo que sus padres impongan. Y es pues así, que se convierte en el caminante aventurero ciudadano, porque huye de su sagrado recinto familiar para buscar la libertad. Y cree que la va a encontrar en el campo, en la montaña. Porque siempre le ha gustado ir de excursión, de paseo al campo. Pero la libertad del campo y de la montaña pertenece a los seres vivientes que han nacido allí. La libertad no se halla, ¡se hace! Y ahora el joven se encuentra aquí en el centro de una selva tropical, preso, con la conciencia dolida y el alma golpeada. Los congos, las chatas, la mula y la macana le han dado a probar un poquito del almíbar libertario de este lugar.
El joven solloza. En su garganta se contraen involuntariamente las paredes internas, produciendo esa tosca sensación de dificultad al tragar; lo que llamamos un torozón pegado. Las perlas humanas líquidas vuelven a salir de su ocular madriguera, bañando de irregular salado camino el rostro pálido del muchacho. ¡Está arrepentido! Y desea regresar a su hogar. ¿Pero cómo podrá aparecer de pronto, tan pronto? Su temor crece. ¿Lo irán a rechazar sus padres? En fin, él desobedeció, y no quiso escuchar los consejos que éstos le dieron. ¡Qué problema!
El sacerdote ha estado escuchando. Y deja que el joven llore. ¡Que se desahogue! Que limpie un poco las manchas de su alma con el don divino del arrepentimiento. El cura reza. El perro está echado en el suelo, y esporádicamente levanta las dos orejas y recorre con la vista el espacio que lo rodea. Parece que éste también reza. Tiene ojos de melancolía. De pronto, el perro se levanta y desaparece. ¿Será que presiente la necesidad de confidencialidad del momento, y que el padre quiere estar solo con el muchacho? ¿O acaso le dieron ganas de hacer pupú? El asunto es que el can se fue. El cura ha terminado de rezar. Ahora se dirige al joven y le habla. Le aconseja lo que debe hacer. Con sabia entonación le recomienda que regrese a su hogar. Le recuerda que la familia es la base de la sociedad, cimiento de la patria. Le estimula la idea de volver, de retornar al recinto sagrado donde sus padres sufren por su ausencia, temen por su destino, rezan por su alma
. El joven no ha dejado de llorar.
La tierna imagen del rostro de su madre se refleja en un pensamiento fugaz intermitente. La fuerte pero dulce estampa de su padre rebota en las paredes de su cerebro. Y goza con la idea de volver. El miedo se va desvaneciendo, poco a poco, lentamente, al compás de las sugerencias y palabras alentadoras del ministro de Jesús. El padre le explica el significado del arrepentimiento, y el valor que Dios le da a éste. Regresará a su casa, pero ahora será otro. Esta vez, el joven caminante aventurero ciudadano sabrá reconocer lo valioso de la vida. Y el cura sermonea largo rato, especialmente acerca del mandamiento que viene después del tercero, sí, el que está antes del quinto. Y el joven ya casi piensa en hacerse cura. Pero no, no es para tanto. ¿Y la chavala aquella? Cura éste, santo que en vida sos fiel al evangelio puro del Señor, que enseñás la Buena Nueva no sólo con palabras, sino también con mula, ig
lesia, caserío, consejos vivos que llegan al alma, que ablandan el corazón y refrescan la mente.
VIII
Al día siguiente, el muchacho aventurero caminante joven ciudadano arrepentido se despide de los habitantes del caserío aquel, donde conoció la verdadera filosofía de la vida, y a un perro cholenco. El cura se dispone en ese momento a recorrer unas cuantas leguas, para mostrarle la ruta terrenal de regreso a su morada familiar. La ruta espiritual había sido grabada ya con magistral habilidad en lo más permanente de la memoria del joven. A los pocos minutos, el perro dibuja la silueta del adiós con ladridos lastimeros. La mula, pobre mula, apenas inicia otro largo paseo a través de la selva, del llano, del campo. Los sonidos de la naturaleza de aquel lugar vuelven a su normalidad.
Después de larga jornada, el cura caminando y el joven en la mula, llegan al pueblo más cercano. El sacerdote es personaje bien conocido aquí. Mas el joven no. Apenas le habían visto pasar unos días atrás. ¡Va de vuelta, va de vuelta!, parece ser la frase del día en el pueblo, pues si no es la rutina normal de la vida pueblerina, no hay más noticia. El cura no hace comentarios. ¿Etica o secreto profesional? Llega el bus que va para Managua. El sacerdote paga al chofer el pasaje del muchacho. Por última vez le recomienda al joven tener siempre en mente el mandamiento del amor. Le bendice y se despide. El joven caminante aventurero ciudadano es ahora pasajero en este vehículo rodante, donde la mitad de la carga es gente, y la otra mitad está compuesta de chanchos, gallinas, tomates, papas, perros (todos ellos cholencos), y hasta un ternero. ¡Qué bien! Le toca dura la prueba. Tiene que compartir su lugar con un chanchito y tre
s gallinas que llevan el pico abierto, muertas de sed. Pero el joven aguanta. Y así llega a su urbe. Puesto en la ciudad capital se siente como gallo en su patio, o como perro cholenco en su territorio.
IX
Aparece el joven caminante aventurero pródigo, arrepentido. En su casa hay alegría. Sus padres celebran el regreso con llanto y risas. Es un arco iris de emociones. La ausencia del chavalo ha servido como época de reflexión para los padres de éste. Ellos saben, y han reconocido, que también son culpables. Y han discutido soluciones, en caso de poder ver a su hijo de regreso. ¡Qué sorpresa! Tenerlo tan pronto de regreso. Y no han determinado aún la solución al problema. Pero al menos tienen la mente preparada para un cambio. Y también ellos han rezado mucho estos días. Y se han confesado. Dulces lágrimas saladas se combinan en abrazos y roces de rostros. La madre siente el amor del Señor, y da gracias a la Virgen María, madre de Dios. Una imagen de María Auxiliadora de los Cristianos parece retoñar en un lecho de rosas allá en la sala de la casa. La madre del joven caminante se arrodilla an
te la madre del eterno caminante, y reza. Dios te salve María . . .. El padre del muchacho no puede hablar. Siente también el poder del Altísimo. Enllavado en un abrazo con su joven heredero intercambia emociones con éste. No se escucha ni una palabra más. Sólo hay un murmullo de la mamá que reza, y un sollozo exuberante. ¡La familia ha vuelto a nacer!
Y hay fiesta en la noche. Bacanal de bienvenida para un joven hombre que regresa al núcleo. Porque la desintegración del átomo familiar ha afectado a la molécula del vecindario, a la partícula de la comunidad. Y vienen sus amigos, y amigas, y enemigos también. Y todo es alegría. Un sacerdote se hace presente. Y bendice a todos. A partir de hoy, la gente no es la misma. La experiencia del joven caminante aventurero urbano ha tocado el alma de la sociedad. Y ha cambiado así el pensamiento errado de muchos padres de familia, y de muchos hijos de familia. Y la sociedad vuelve a enfocar sus energías en los valores morales y éticos. La corrupción es el resultado de la indiferencia de aquellos que menosprecian la educación de los niños y jóvenes. Y la más importante de las educaciones es la que se les da en casa. Es aquí donde se forja la conciencia, se moldea la mente, se prepara el alma para la batall
a mundana.
X
Hay un olor a selva en la ciudad. Iesus Nazarenus Rex Iudaeorum resplandece en el centro de la pared de tabla de una modesta vivienda. Un perro enclenque menea la cola. Una mula trabaja sin cesar. Una iglesia ha sido construida en medio de la selva, donde la palabra de Dios tocó el alma de un joven que es hoy hombre justo. Y en Nicaragua la gente reza todavía. El oro celestial es aquella disposición por el bien que cualquier persona puede tener. Y el bien, es tan reconocible como el canto del alcaraván. ¡Qué buena fortuna la que poseen aquellos que se preocupan por hacer el bien!
El camino es simple y variado. Simple, porque en toda su extensión está constituido por un solo elemento, el amor. Variado, porque el amor es el más complejo sentimiento. ¡Hay partes muy pedregosas!
René Sandino Monterrey
Diciembre de 1991
Toronto, Canadá
