
Por: Nicasio Urbina
Este cuento (junto a otros 15) forma parte del libro más reciente del Dr. Urbina titulado "El ojo del cielo perdido".
Conocí a mi esposa comprando calzoncillos, una tarde de junio, en uno de los establecimientos de
descuento del ala occidental. Yo me había acercado al departamento de ropa interior masculina sin
una intención precisa, simplemente vagando entre las estanterías, curioseando sin motivo
los modelos expuestos en los pasillos, cuando recordé que mi ropa interior estaba francamente en
mal estado, rota y amarillenta, y que era hora de adquirir algunas prendas nuevas. Los canzoncillos
estaban ordenados por tallas en un mesón largo, dispuestos en hileras apretadas y empacados en
convenientes paquetes de tres unidades que hacían la oferta más atractiva. Los había
de muchos colores y diseños, y aunque siempre he preferido la ropa interior blanca y sobria,
observé con atención los estampados con motivos marinos: algunos tenían
pequeñas embarcaciones de vela, anclas y gorras de marinero; otros tenían corales y
caracoles, caballitos de mar y tiburones de aspecto amigable. Los había con estampas de payasos y
escenas circenses, máscaras de carnaval y gorros de fiesta; había otros con ositos pardos
y marrones, perros San Bernardo de ojos tristes y gatos gordos y sonrientes. Debo haber murmurado algo
entre dientes porque la mujer que estaba al otro lado de la mesa levantó la vista y sonrió.
Sin poderlo evitar me sentí avergonzado y sin duda mi rostro se enrojeció levemente. Para
disimular mi turbación dejé caer el paquete con displicencia y dije: "Las cosas que la
gente se pone hoy en día." Ella observó los calzoncillos con detenimiento y finalmente
agregó: "Esos son en realidad monísimos." Sentí ganas de darle una bofetada
y la quedé viendo con displicencia, pero a ella mi expresión parece que le resultó
divertida porque se volvió a sonreir. Un poco más allá estaban los paquetes de ropa
blanca, y sin darle mayor importancia me dispuse a buscar la talla apropiada. Empecé por el extremo
izquierdo, pero los paquetes no estaban en orden y recorrí prácticamente toda la
sección sin encontrar mi medida. Hice un gesto de fastidio y me dispuse a empezar de nuevo, cuando
sentí la misma voz timbrada justo a mi costado. "¿No encuentra su número? Yo soy muy
buena para estas cosas. Permítame que le ayude, a ver," dijo midiéndome con la vista,
"Ud. debe ser un treinta y dos." Yo me quedé en silencio mientras ella esperaba mi
respuesta, hasta que finalmente me di por vencido. "Efectivamente," le respondí.
"Ve Ud. cómo se lo decía yo. Ya verá que encuentro uno de su talla justa."
Mientras repasaba con dedos ágiles las hileras de paquetes me sentí incómodo, como
si la mujer esta, una perfecta desconocida, estuviera urgando en mi ropa interior. Qué
tontería, -me dije en seguida-, simplemente está tratando de ayudarme. ¿Por qué
habría de molestarme que una señora, guapa y bien presentada, esté tratando de
ayudarme a encontrar un paquete de calzoncillos de mi talla? En general me fastidian las compras, me
cansa terriblemente tener que abrirme camino en los colgadores atestados de piezas para encontrar la
camisa de mi gusto, el pantalón que buscaba, el saco de la talla y el tono adecuado. Así
que, ¿qué mejor cosa que una mujer amable y efectiva que encuentre para mí lo que ando
buscando? Sin embargo me sentí incómodo cuando con voz de triunfo la oí decir:
"Ajá, el último que quedaba. Mire Ud., precísamente su talla. No se lo
decía yo. Vea, tres calzoncillos blancos talla treinta y dos. ¿Qué le parece?."
"Muchas gracias," le dije tomando el paquete de sus manos y forzando una sonrisa, y me
dirigí hacia la caja, pero antes de llegar me volví a sentir avergonzado, di media vuelta
y regresé a la sección de ropa interior. "Perdone mi rudeza, señora, pero Ud.
sabe... es un poco incómodo." "No tenga cuidado," me respondió,
alargándome la mano, "Me llamo Consuelo, Consuelo Vargas." "Mucho gusto. Arturo
Montiel, para servirle," y le estreché una mano suave y alargada que se acopló a la
mía con entereza. "Ud. comprenderá, es un poco extraño que una persona que uno
no conoce le ayude a escoger la ropa interior. Es algo que nunca me había pasado, y por un momento
no supe cómo reaccionar." Ella se quedó un instante en silencio, esbozando una suave
sonrisa y yo pensé despedirme definitivamente, pero como no sabía qué decir, dije
como un imbécil lo primero que se me vino a la mente: "¿Le gustaría tomarse un
café?" Ella miró su reloj de pulsera, pensó un momento y finalmente
aceptó complacida.
Nos sentamos en uno de los cafés del centro, ella pidió un té de hierbas y yo mi
acostumbrado expreso y hablamos por espacio de una hora. Nos contamos algunos detalles de nuestras vidas.
Le dije que vivía en la sección occidental, aunque en realidad había nacido en el
sur, y que trabajaba como Ingeniero de Producción en la planta Martol. Ella por el contrario
había nacido y vivido toda su vida en el ala norte, y no tenía mucho interés en
aventurarse por tierras desconocidas. "El mundo es el mismo donde quiera que se vaya," me dijo
con convicción, y yo tuve que estar de acuerdo, aunque a mí me hubiera tomado muchos
años e innumerables leguas caminadas llegar a la misma conclusión. Me habló de su
familia, de sus hermanas, todas casadas, con hijos y viviendo en las cercanías, de forma que se
visitaban a menudo. Se encontraban con frecuencia en uno de los pasillos de la tienda de abarrotes y
paseaban tranquilamente delante de la floristería. Ella vivía sola, en una esquina del
módulo H, bastante cómoda y tranquila, según me dijo, rodeada de gente buena y
trabajadora, antiguos locatarios en los que podía confiar plenamente y con los que se
sentía protegida. Su esquina era de tamaño mediano, siempre limpia y arreglada, y
agregó que una mujer sola no necesitaba mayor espacio. Justo al lado había una
zapatería y aunque tenía bastante clientela no la molestaba en absoluto. La gente que
compra zapatos es en general silenciosa y prudente; llegan, miran las vidrieras, entran, se prueban un
par de tallas, compran su mercancía y se marchan. Nunca ha tenido problemas. No es como otros
lugares donde los jovencitos se congregan a jugar y a meter barullo, con su música estrepitosa y
sus risas desvergonzadas. Sí, había tenido algunos amores en su vida, pero nada
importante, nada que valiera la pena. ¿Y él? Le conté que mi familia estaba en el sur,
bastante lejos, en una sección muy populosa con tiendas pequeñas y pobres, corredores
poblados de niños descalzos y sucios, tavernas y bares de media luz. Me había mudado
hacía mucho pero los visitaba de vez en cuando. En repetidas ocasiones les había propuesto
que se mudaran pero mi madre se oponía, estaba acostumbrada y no le interesaba cambiar. Mi padre
había muerto hacía algunos años y mi madre vivía con mi hermano menor,
recién casado y esperando niño. En realidad el tramo era amplio y fresco, situado en un
recoveco a la salida de los Almacenes Lola y tenía una vista excelente que comprendía casi
toda la longitud del pasillo. En las tardes, mi padre solía sentarse en una mecedora a ver
desfilar las multitudes contra la reverberación de la fuente que se levanta al fondo. De chico me
gustaba mucho la sección sur, pero ya de mayor me molestaba el trajín constante de la
gente, el vocerío siempre encendido, las luces de neón que iluminan los pasillos de aquella
sección, las fritangas que invaden todo el ambiente y el torbellino de músicas encontradas
que se escucha por todos lados. Poco a poco empecé a alejarme de casa, a los doce años ya
había llegado hasta la rotonda del centro y a los quince me había aventurado por los cuatro
puntos cardinales, había visitado los grandes bodegones de la sección oriental, me
había bañado en las piletas del tercer piso y había vagabundeado por los laberintos
de la sección M del ala occidental. Después me había dedicado a estudiar, hastiado
de ver siempre las cosas en los escaparates, decidido a salir del sórdido mundo en que
había nacido y mudarme a una sección más tranquila y acogedora. Finalmente, cuando
ya había conseguido lo que quería, me di cuenta de que las diferencias no eran tan grande
como parecía y que lo único verdaderamente insólito en este mundo era la
imaginación, porque sólo la imaginación podía darle vida a las cosas y
presentarlas en el esplendor y la originalidad que en realidad no tenían. Consuelo miró su
reloj y se despidió diciendo que aunque quería seguir conversando tenía un
compromiso previo. Le pedí que nos encontráramos al día siguiente, y le propuse
salir a cenar. Ella aceptó con gusto y quedamos para las siete.
Durante el día pensé varias veces en ella. ¿Qué compromiso previo podía haber
tenido? Dijo que no había nadie especial en su vida, pero quizás estaba mintiendo o
simplemente no quería descubrirle esa parte de su vida a un desconocido. Tal vez iría a
encontrarse con una amiga, saldrían por ahí, acaso hasta le había hablado de
mí y se habían pasado toda la noche imaginando, haciendo planes, dándose bromas.
Cuando salí del trabajo rechacé la invitación de los compañeros a tomar una
copa en el bar y me fui directamente a casa. Tenía un poco de calor y me quité la ropa,
desenrollé el colchón y me tumbé un rato. La gente iba y venía con premura
pero algunas personas se detenían a mirar las estanterías, una niña me quedó
viendo con curiosidad pero cerré los ojos y me puse el brazo en la cara para protegerme de la luz.
A las seis me levanté y fui al lavabo, me enjuagué la cara y me lavé con cuidado.
Mientras abría la bolsa de calzoncillos nuevos pensé en Consuelo, y recordé sus ojos
marrones en el momento en que me entregaba el paquete. Me peiné y me eché colonia
frotándome vigorozamente las mejillas, y volví a poner el frasco en su caja de madera.
Cuando llegué a la sección H ella estaba sentada en una banca de piedra, fresca y olorosa,
vestida con un traje azul y un collar de perlas delicadas.
Desde que empecé a salir con Consuelo mi vida ha cambiado enormemente. Ahora ya no tengo que
quedarme a solas en mi rincón viendo a la gente pasar indefinidamente, ni tengo que comer en
silencio o vagabundear solitario por los pasillos. Cuando me siento a leer en la mecedora, al lado de
mis maletas, ya no siento el vacío que antes me embargaba cuando veía a las parejas
transitar por entre los kioscos, cogidas de la mano, sonriendo dulcemente; ni me invade la nostalgia
cuando veo a las familias desfilar por entre las macetas del pasillo, los chiquillos corriendo entre las
multitudes y las niñas jugando en las banquetas. Ahora pienso mucho en Consuelo, imagino lo que
estará haciendo, pienso en sus manos delicadas manejando las agujas con destreza, escribiendo
alguna carta o dibujando sus escenas apretadas. La mayoría de las noches cenamos juntos, de
preferencia en su habitación que es más clara y tranquila, y tiene una cocinilla de varios
quemadores. A ella le gusta cocinar y a menudo prepara guisados exquisitos. Comemos en una pequeña
mesita que tiene al lado de la nevera y luego yo friego los platos en la fuente que no está muy
lejos. A veces, cuando ella ya ha terminado de poner todo en orden, me acompaña mientras yo seco
los vasos y tenedores y conversamos de cualquier cosa, caminamos por los alrededores y hasta nos
escapamos al cine.
Nos casamos un día de diciembre. Ella insistió en que la ceremonia se celebrara en una
pequeña rotonda del ala norte, donde se habían casado sus padres y sus hermanas, porque
pensaba que no había en el mundo lugar más romántico que ése. Es una
pequeña plazoleta apartada del ajetreo de las arterias mayores, rodeada de pequeñas tiendas
de dulces y bordados de encajes, el piso es de piedra pulida y en el centro hay una pequeña fuente
silenciosa. Invitamos a la familia y a algunos amigos íntimos, pero la gente del vecindario
acudió cargada de regalos y la fiesta se prolongó hasta entrada la noche. Consuelo estaba
radiante, con su vestido de raso y crespón y una corona de azaleas que realzaba el lustre de su
cabello. Animados por una banda de músicos que se organizó en el momento, bailamos hasta el
cansancio y la comida parecía proliferar en las mesas, de forma que en la tercera semana de
casados, todavía seguíamos comiendo de las sobras del matrimonio. Toda mi familia
asistió a la ceremonia y contrario a lo que había pensado, inmediatamente desarrollaron
una afinidad contagiosa con la familia de Consuelo.
Me costó mucho trabajo convencerla de que debíamos viajar para celebrar la luna de miel,
porque Consuelo no tenía ningún interés en ver lo que había más
allá de su mirada, pero cuando le dije que quería mostrarle los parajes donde había
pasado mi niñez, demostró súbito interés. Empacamos una pequeña bolsa
con algunas cosas imprescindibles y nos dirigimos hacia el sur. Viajamos sin prisa y con la
determinación de gozar cada centímetro de espacio. Nos deteníamos ante los
escaparates a observar las curiosidades que se exibían en las vitrinas, nos sentábamos en
los corredores a compartir un bocadillo y nos quedábamos largas horas contemplando el paisaje,
viendo los rótulos de los establecimientos, los adornos de los pasillos que empezaban a cambiar
radicalmente, gozando de las diferentes texturas de la luz a medidad que atravesábamos las
latitudes e indagando las lenguas y las costumbres de la gente. El aire frío de las elevaciones
del sur no le sentó bien a Consuelo, y bajamos a las planicies de los módulos K y L para
que se recuperara. Después de unos días llegamos a casa de mi madre.
Pasamos una semana en compañía de mi familia. Hicimos excursiones a las tiendas vecinas y
nos divertimos muchísimos con las historias fantásticas de la gente del sur. Al regreso nos
mudamos a un tramo espacioso y elegante en el módulo S, junto a la joyería "El Dorado,
" y ahí hemos vivido hasta ahora. Algunas veces, cuando vago por las tiendas y veo mujeres
solas, tengo la tentación de acercarme despreocupadamente mirando los ridículos
calzoncillos alineados en hileras, esperando escuchar la voz templada de Consuelo o de cualquier otra
mujer, ofreciéndose a ayudarme a buscar lo que deseo.
Nicasio Urbina
1999
